Mirta Liliana Tejerina: Cuentos de mi Infancia

EL DUENDE

 

Uno de los lados laterales de mi barrio tenía como límite un frigorífico; que no era otra cosa que un matadero cuyos restos de animales eran arrojados más allá del puente de las vías del tren. En ese espacio que se perdía en la lejanía y desde dónde venían las aguas del río en el que nos bañábamos.

A veces, hacíamos una «peinadita» y las mechas chorreaban de agua y tripas que no quiero ni recordar.

Como decía, el frigorífico estaba al lado del barrio; pero nos separaba de éste un canal dónde se escuchaban los sapitos cro cro cro y el cri cri de los grillos. Allí, se comentaba que aparecía un duende azul de sombrero rojo, con larga barba y cuatro dedos. Era el cuidador de un tesoro, que alguien enterró en esa zanja larguirucha, y de los animales que allí habitaban.

En Navidad y Año Nuevo, era cosa de todos los años que los changos atrapen los sapos para reventarlos con un cohete en la boca. Despiadados reían al ver caer a los saltarines.

Un día, mientras el pulga buscaba sapos en la zanja, se alejó demasiado de los demás; tanto que lo perdimos de vista. Cuando de repente, se escuchó tremendo grito a lo lejos. Corrimos todos y chocamos contra él, pero este demente desaforado no nos vio y siguió hasta la luz que irradiaba de la casa más cercana. Balbuceaba con los ojos desorbitados:

-¡Lo vi. Lo vi. Lo vi! ¡Eta ahí! ¡Ahí eta!

-¿Quién? ¿Quién? ¿Qué viste?

– Le di la minera. La minera. La moneda.

– ¿A quién? ¿Qué pasó?

-¡Ma elegí la de lana y corrí!

-Ya hijo, calmate. Ya pasó. Tranquilo.

Al día siguiente, y los siguientes, no lo pudimos ver para hacerle el interrogatorio. En realidad, se nos prohibió hablar de aquel día, o burlarnos de que a partir de entonces se hacía pis en la cama. Alguien nos comentó que se encontró con el duende y pudo safar.

Fue así, como se acabaron los bombardeos a los pobres sapos.

 

La crecida del río

 

Mi barrio era un zanjón de tierra y mucho pero mucho barro en días de lluvia. Sin luz, sin cloacas, sin agua, sin asfalto -obviamente- y sin ni siquiera una barrera que nos cubra de la crecida del río.

Las tormentas y los bestiales vientos huracanados eran tan terroríficos como el miedo a que entre la «luz mala» a las casas y mate a un integrante de tu familia.

Sabíamos que había que tirar bolsas de plástico sobre la cama por las goteras de las chapas y trancar bien la puerta porque el río de las calles inundaba las casas.

De repente, toc toc sonó en la puerta.

-¡Don Juan, por favor, ayúdeme que se me volaron las chapas y la Hilda no deja de gritarme que vaya a buscarlas!

-¡Vamos, vamos chuña que si se las lleva el río no las vemos más!

Salieron los dos hombres con sus jorobas en las espaldas y los pilotos improvisados de bolsas de consorcio.

Bien sucedió aquello y como alguien lo dijo:»¡cuando el gato se va, los ratones hacen fiesta!»; salimos los acorazados con lo que venga rastrillando los charcos, detrás de esos escuálidos héroes de barro a quiénes pretendíamos prestar ayuda; aunque después nos crucificaban a garrotazos.

Una vez, por andar tras los changos y no mostrar debilidad por ser mujer; perdí las “changletas”. Hice varios clavados en la correntada de las calles y nada. Esto significaba «paliza asegurada». Pero no sería la única en ésta y comencé a tirar agua con un tarro a mis hermanos y amigos. Guerra de lluvia y de piedras, salpicadas de ranas y sapos, torpedos de “changletas” junto a la carcajada de los más despiadados.

Al final, era un carnaval de las ocurrencias más insólitas: los sapos eran los títeres y hacían burlas entre ellos.

-Lui besa mi sapo así se convierte en tu princesa.

-No, que bese el sapo de la «patita corta» así no se vuelve marica. ¡Jajajajaja!

-Si. Pero que no la besa el Boquita porque se la va a tragar de un bocado. ¡Jajajajaja!

Y seguíamos embarrándonos más hasta que nuestras cabelleras quedaban como rastas. El problema, después, era sacarse toda esa roña y bancarte los mechoñazos de mamá por gastar tanto champú y jabón en bañarte.

Lo mejor de todo siempre fue que nunca fui la única a quién crucificaban…

 

 

LA SINGER

 

-Poque eta yodando mami, poque?

-No mi amor, mami no llora. Mami es muy feliz – seca las lágrimas con un pedacito de tela para remendar y levanta a la niña que jugaba en el piso para colocarla en su falda – Dame un abrazo mi hermosa princesa -la abraza con todos sus brazos y su ser, besa su frente; luego la coloca tiernamente en ese pedacito de alfombra turquesa sobre la que yacían algunos juguetes desparramados.

-Mami, yo quedo hace una yopita pa mi lela.

– Dale. Ya mamá va a terminar de coser estas camisas y te va a ayudar. Ahora, juga sin molestar a mamá así termina rápido. Está bien mi bebé???

– Si, mami.

Y tras el pedaleo constante se fueron yendo las horas hasta hacerse la nochecita. Paro un sólo momento, para levantar a su niña que dormía en el piso apretando a su lela, la colocó en su cama y prosiguió con sus labores.

Había que pedalear la Singer sin descanso para entregar los pedidos y manguear, por otro lado, para pagar todas las cuentas.

 

LA CARRERA

 

Mamá trabajaba afuera del mercado vendiendo algunas baratijas, y todos la esperábamos ansiosos en fila india, para verla bajar del colectivo y hacer carrera hasta saber quién era el más veloz y le arrancaba sus bultos y los llevaba -como Hércules- a casa.

Un día, mientras mis hermanos contaban chistes de Jaimito, fui la primera en ver bajar del colectivo a mi mami y salí corriendo como escupida. Llegué primero y levanté sus bolsas con orgullo de rococó o de rococo (sapo grande depredador de su propia especie, al que le temíamos tanto).

Iba, zarandeando la bolsa, cuando sentí que me hervía la pierna y algo corría por ella. Paré y miré. Era sangre. Le dije a mamá:

-Mami, ¡mira lo que tengo! –la punta de uno de los cuchillos rajo la bolsa y me hizo un tajo en la pierna.

-Se salió la punta de uno de los cuchillos, mira y como venís hamacando la bolsa, te cortaste una y otra vez. ¡Deja la bolsa que yo la cargo y anda a decirle a tu papá que te cure!

Me miró con ojos de tigre y salí corriendo. A lo lejos escuché que mamá me gritaba que no corriera. No le hice caso. Cuando eres niño, siempre quieres llegar primero.

 

Tormenta de moras

 

Pasando el río, había un vivero abandonado; detrás de él, estaba el «monte loco». Le decían así al lugar, porque una vez se escapó de la prisión el «loco Siares» y se internó en ese laberinto. Algunos decían que secuestraba niños, los esclavizaba de por vida y los enterraba bajo una planta de mora.

Habían tantas pero tantas moreras y tan ricos sus frutos que ninguno pensaba en esa escabrosa historia. Salvo cuando nos agarraba la noche porque es entonces cuando vagabundean las almas de los difuntos. Pero, tratábamos que nunca nos pase…

Éramos recolectores y para ello, levábamos rectángulos de plástico duro y transparente que le robábamos a mi abuelito. Ya tenía varios ponchos de lluvia con este material y, considerábamos que no necesitaba más. Los tirábamos en el piso calculando donde caerían las dádivas, subíamos a los árboles resbaladizos para mover sus ramas hasta provocar una estruendosa tormenta de moras.

Luego, tirados alrededor del plástico al modo romano, nos saciábamos a dos manos con este agridulce manjar. Se repetía mientras el estómago te lo permitía. Bocas, caras, manos, ropa; todo, absolutamente todo, en nuestro ser pintado de morado. Las tormentas al golpear las ramas junto al estallido de metralletas de balines y balones de moras nos robaban el aliento; y sin aliento se nos iba el alma. Fantasmas de niños secuestrados por el fulgor de la aventura, las fechorías y las risas.

-Mira chela, la mamá te va a escupir una tremenda paliza. ¡Te dije que te cuidé la ropa nueva!

-Callate, si me dijo que está ropa es vieja y ya es para la casa.

-¡Ni para la casa! ¡Mirate!

-¡Mirate ahora vo pue! -y la embarra con un manotazo de moras.

-jajajjajajajajjaja

Luego, había que pasar por el río y lavarse un poco. Por más que nos frotábamos las piedras que parecían lija, nada nos quitaba esos colores.

Cabeza baja, entrábamos como al matadero. Sin decir palabras, mamá nos esperaba con rebenque en mano y los colores de las moras y los moretones del azote se mezclaban eternamente…

 

El trenzado

 

Mamá tenía un arsenal de formas y armas de castigo. Cuando se enojaba parecía esas cholitas recién llegaditas del norte, que cuando te hablan hacen una mezcla del quechua y las pocas palabras en castellano que conocen. Era un jeroglífico parlante, que si te detenías para querer entender lo que decía, ya eras «hombre muerto».

A veces, no era necesario ni tanto discurso que hoy se pretende establecer entre padres e hijos, porque una mirada de chino era suficiente para entender que te estabas mandando alguna macana; y un pestaneo era la «sentencia». Había que resolver, inmediatamente, la situación o…

Sabíamos lo que se avecinaba.

Como les decía, mamá tenía un arsenal de formas y armas de castigo; pero entre las que más recuerdo, más terror nos infundía: era el «trenzado»…

Mi abuelo lo usaba con sus caballos, y cuando vendió el último, no tuvo mejor idea que regalarle a mamá esa «herramienta de dominio», tal como le decía él. Se usaba para «domesticar a la bestia».

El trenzado era la última opción que mamá guardaba en su ropero. Cuando te portabas mal y ella se dirigía hacia ese lugar; las lágrimas te salían de los poros y el cuerpo se extremecía de dolor con sólo ver esa acción.

Como les decía era la última opción. Habían otras como la chancleta, una taza, un cinto, etc.

Una vez, nos robamos las frutillas de la huerta de mi abuelo; que éste tenía en el fondo de la casa. Cruzamos el alambrado con púas colocando unas escalera de un lado y del otro una silla con bloques encima. Fue una estrategia singular que nos permitió «saquear» la huerta. Tal como lo hicieron los rusos en tiempo de guerra, no dejamos ni media frutilla para quién viniera después. Además, pisoteamos las plantas que habían alrededor.

Al llegar mi abuelo, no era difícil darse cuenta de lo que había sucedido; pero, estúpidamente, ni pensamos en las consecuencias. Sólo después de haber realizado la fechoría nos dimos cuenta del acto.

Llegó el anciano y algunos no habíamos salido; entró a la huerta con un revenque y nos azotaba al vuelo; parecía las lenguas de las iguanas cuando atrapan un pobre animalito. Yo corrí hacia la escalera y al sentir los pasos que se avecinaban, me tiré hacía el otro lado sin poder soltar de mi pierna un alambre de púas que se me había enroscado. Cuerpo en tierra, tiré del alambre y me abrí una herida. Era tanto el susto que ni sentí dolor.

Tomando conocimiento del hecho, mamá nos hizo llamar. Nos puso en fila india y comenzó el interrogatorio con coscorrones y maldiciones a los gritos. Pero, aquella vez, nos salvamos todos gracias a mí; porque llegué a la fila rengueando, y cuando mamá vió la herida de mi pierna y cómo me salía sangre, se asustó y dejó todo como estaba para correr conmigo en brazos hacia el hospital.

Aún recuerdo que me apretaba contra su pecho, mojaba mis pies con sus lágrimas y los secaba con su camisa; era mi María Magdalena y ¡cómo no amarla y sentir su protección en aquellos brazos, muchas veces, mezquinos!

 

La negra zucoa

 

Una vez, en la escuela, leímos algo que nunca olvidaré. El título era «Mi burro Ramón» y decía:

«¡Ay mi burro Ramón!

¡Qué bonito,

Pero que cabezón!

Cuando se empaca

Nadie lo saca

De donde esta,

Ni Santa Paca

Ni San Simón

¡Ay si usted lo viera

A mi burro Ramón!»

Aquel día, supuse que todos tenemos un ser querido «terco y empacón». El de mi casa era -nada más ni nada menos- que la «negra zucoa», mi hermanita menor.

¡Ay, si ustedes supieran todo lo que hacía! Era el único ser vivo en la Tierra que podía desafiar a mamá. Ni el trenzado era problema para ella.

Recuerdo que mi hermano mayor hacia acrobacias con su pelo; los juntaba haciendo una cola hacia arriba, la levantaba con las dos manos y nosotros le dábamos vueltas y vueltas. Nunca lloraba. Se tiraba de los árboles como si nada. Las correntadas o los remolinos del río no eran desafíos para ella. Era muy intrépida, pero también, muy empacona.

Todas las noches a la misma hora comenzaba a llorar de la nada. Parecía que había hecho un pacto con el demonio o estaba hechizada, no lo sé. Todos los días era de renegar porque tiraba la comida, deshacía las camas, rompía los juguetes de todos, entre tantas viles prácticas. No había nada que la detenga, y gritaba «¡dichi que chi, dichi que chi!». Nadie entendía nada porque mi papá decía «sí», pero, igual continuaba gritando. Repetía lo que ella decía: «¡dichi que chi, dichi que chi!»; pero, se enojaba peor y no había como callarla.

Mi mamá sacaba el trenzado y ésta se metía debajo de la cama elástica; clavaba los dedos de los pies y las manos entre el trenzado; y ni el revenque, ni las boleadora de zapatos o acuchilladas de la escoba la sacaban de allí.

Era como el burro Ramón.

Un día, la vecina que era una mujer requete malvada; puso alambres de púas cercando todo su terreno. Uno de los problemas -que siempre hacía- era por las hojas de los serenos que teníamos y, que le ensuciaban la parte de su propiedad. Otro problema era que gritabamos mucho al jugar. Otro era por los perros, por los gatos, y por todo lo que caminaba o se arrastraba cerca suyo. ¡Era una arpía que no vivía ni dejaba vivir!

Como les contaba, puso alambres de púas a la vuelta. Nosotros llegábamos de la escuela cuando anochecía, y nunca vimos esa cerca. La negra zuco fue la primera en bajar de la bici y al entrar por el pasillo a las corridas -siempre hacíamos carreritas para todo- ¡zas! ¡Qué golpe! Lo peor fue que dio vuelta hacia el otro lado y se rayó todo el pecho. Ni una lágrima. Su vestidito rasgado y sangriento por todos lados. Papá comenzó a insultar a la vecina; pero, ésta ni pidió disculpas. Encima dijo: «¡Así van a aprender a no meterse conmigo!». Qué se puede esperar de un monstruo como ella; si a su propio hijo golpeaba con un látigo echo de púas, y lo encerraba noches enteras en el horno caliente de barro que tenía en el fondo de su casa. ¡Bue!, esa es otra historia.

Entonces, dijimos que la niña dio vueltas el alambrado; luego, la mamá envolvió en una sábana a su «negra» y subió en el asiento de la bici para ir con el papá hacia la salita. Allí, había una ambulancia y era urgente curar a mi hermanita.

Desde aquel día, recuerdo que se terminaron los lloriqueos y empacones de nuestra «zucoa». Pareciera como que recibió la peor golpiza de su vida.

 

 

La Colimba

 

No conocí en el barrio otro jovenzuelo más chanta y chamullero que el mayor de todos mis hermanos, a quién le decían «el chacal». Sus ojos entrenados para la seducción y el engaño; eran alargados, de miradas metafísicas y rodeados de un juncal de pestañas que parecían postizas.

Las chinitas andaban tras él como mosca tras la miel. Recuerdo que cuando iban a buscarlo a casa, bien golpeaban las manos se llevaban tremendo baldazo de agua. Mamá, siempre atenta; las olía y tras la puerta las esperaba para quitarles la calentura -decía. Entonces, ¡zas! las zambullía en agua, gritos e insultos de bajo tono, pero insultos al fin.

A veces, hacía sus actos de magia con nosotros. Era fantástico; salvo cuando hablaba de la falacia de los sentidos…

Un día, tomó un limón, lo levantó y dijo:»¿qué ven en mis manos?». Nosotros respondimos: “Un limón». Repuso: «¡No es un limón!» -con los ojos de puñalada de tacho, prosiguió- «Es una naranja. Una dulce y carnosa naranja». Todos mirábamos extrañados la fruta y hacíamos fuerza con la vista, pero nada. Eran dos las respuestas posibles: o decías que era una naranja; o él te exorcizaba con latigazos hasta sacar los demonios, que no te dejaban ver la verdad.  Al final, todos gritábamos en coro, la imagen era como un «Pare de sufrir», donde el orador te decía «¡Es una naranja!» y; todos repetíamos a los gritos: «¡Siii, es una naranja!». Al final, debíamos comernos la fruta sin hacer muecas ni rezongar.

Recordar al «chacal» es traer a la memoria los pasos del break dance (con los que demostraba sus destrezas en el arte del vuelo y la precisión de las caídas, semejantes a las de Bruce Lee). Mis primos se juntaban en casa y bailaban Michael Jackson sin cansancio. Además, aún puedo ver los tucu tucu que les juntábamos en bolsas transparente, para que ellos los descuartizaran y, con su lumbre pincelaran las remeras del boliche. Otra técnica de decoro que tenían, era la de alumbrarse con las luces del arbolito de Navidad que se robaban y encendían con un botoncito que llevaban en el bolsillo. Nunca comprendí, por qué esos jóvenes tenían tanta necesidad de sobresalir en la oscuridad.

Volviendo al chacal, esa tremenda sonrisa de Johnny Tolengo, llegó a su final el día del sorteo para reclutar a los jóvenes -entre dieciocho y veintiuno- hacia el Servicio Militar Obligatorio que se llevaba adelante por Lotería Nacional.

Fue el sorteo del año mil novecientos ochenta y uno, que marcó un hito en nuestra historia familiar. O, al menos, en la de mi pobre hermano.  Con la Colimba, se terminaron las hazañas, las mujeres y la magia.

Cuando el bolillero sonó por Radio Nacional, y el chacal comenzó a rezar a Jehová, Mahoma, Zeus, y a todos los santos habidos y por haber; mamá empalideció, súbitamente, al ratificar que su hijo sería un conscripto para el año siguiente.

La Colimba era mala palabra para muchos jóvenes. Cuando salías en el sorteo, más de uno soñaba con tener pies plano, miopía o alguna falencia que te hiciera safar.

Para peor de todos los males, el chacal gozaba de extraordinaria salud y estado físico. Tuvo que enfilarse en las fuerzas sin vueltas.

Lo terrorífico fue que se convirtió en un conscripto, en instrucción básica, a la espera de ser llamado para enfilarse hacia la guerra de Malvinas. ¡Qué horror!

Nosotros poco entendíamos sobre aquello. Aunque me parecía extraño ver a mamá, rezar día y noche en todos los rincones de la casa. Por suerte, sus rodillas moradas y su pecho afligido no fueron en vano. El chacal no llegó a ser más que un soldadito de plomo, dijo mi abue.

Como les contaba, poco sabíamos de la guerra; y de los muchos jóvenes que allí se iban a morir. Lo único en lo que pensábamos, al ver a mi hermano, era en cómo quitarle la boina para verle la pelada.

Un día, luego de almorzar, se tiró a dormir y desprovisto de la vigilancia de mamá; convenimos en sacarle la boina y tirarla de mano en mano. ¡Jajajaja! Lo hicimos. El chacal corría de un lado a otro, sin poder recuperar la gorra. Fue harto divertido hasta que mamá tomó cartas en el asunto.

A la mañana siguiente, y los siguientes días, debimos comer parados en la mesa, hasta que nuestras pobres nalgas cicatrizaran.

 

 

Las mariposas

 

Hubo un tiempo, en que jugar tirados en el suelo -arrastrando el cuerpo en el polvo- para dar un golpe seco con un terón que hiciera saltar a las bolillas de nuestros amigos; era en lo único en que uno se concentraba en todo el día.

Cuando nos cansábamos de esto, sacábamos los trompos; y cada uno metía uno en un círculo donde quedaba cautivo, hasta que lo liberabas con un golpe estruendoso y violento de tu trompo favorito. ¡Chuuu! Era fenomenal, y debías mantenerte en vigilia cuando volaban bolillas o trompos por los aires; porque podían caerte en la cara u otro lado, y ¡te chuzaban sin asco!

Una vez, me cayó un trompo en la frente; y todos gritaban que si no te sacaba el ojo, no era nada. ¡Ni una lágrima! ¡Ni una lágrima se me escapó!

Volviendo a esa época, recuerdo el cielo de agosto con las mil cometas suspendidas en la eternidad. Algunas se perdían en la lejanía, consecuencia de la ambición de alguno por llegar siempre más alto. Pero, de todo lo nombrado, lo que jamás podré olvidar serán las mariposas. Un millón de colores inundando nuestro cielo. Blancas, amarillas, rojas, celestes, pardas; un millón de frágiles insectos que atrapábamos con un movimiento lento.

Una vez, tuvimos que robarle unas libretitas a mi abuelo, que él guardaba en un canasto y que usaba para anotar las verduras y los huevos que fiaba. Éstas las habíamos fabricado nosotros con cartón y hojas que arrancábamos de los cuadernos, y se las vendíamos al anciano por unas monedas.

Sucedió que necesitábamos esas libretitas (no podíamos hacer otras, porque mamá había comenzado a numerar las hojas de los cuadernos). Allí, pegamos las más hermosas mariposas que atrapábamos; era nuestra colección privada de arte natural. Hicimos una competencia y ganó mi hermano del medio. Le decían el «gato». Tenía la sagacidad de ninguno, y logró juntas las más espléndidas muestras.

Pero, un día, la negra zucoa que no pudo resistir la derrota; hizo una fogata y quemó todas las libretas. La agarramos a pedradas y casi la lapidamos. Pero, en ese preciso momento; ocurrió que a mi hermano que era tan bueno pero tan inesperado, le dio un ataque epiléptico y debimos socorrerlo de inmediato. Tumbado en el piso, daba salpicones electrizados y nosotros atónitos nos quedábamos alrededor.

Entonces, mamá llegó y le metió la cuchara en la boca para impedir que se tragara la lengua. Unos minutos de silencio y terror, que concluyeron con mi hermano casi desmayado en brazos de papá.

Luego de aquello, siempre nos íbamos a dormir en aquella piecita, hacinados rodeando a esa criatura a quién todos amábamos demasiado, y rogábamos que algún día acabe aquel tormento.